Rafael Álvarez, más conocido como
El Brujo llega a los escenarios del
Teatro Apolo de Barcelona para dar vida al pícaro más famoso de la literatura, El Lazarillo de Tormes, con una habilidad de voz e interpretativa magistral.
Déjenme contarles algo: jamás abandonaré al Lazarillo.
Cada vez que lo interpreto disfruto de forma especial. Nunca he dejado de conectar con el público de una manera particular. La satisfacción del gozo no se puede disimular y yo gozo de verdad con esta espectáculo.
El Lazarillo y yo hemos recibido mucho más de lo que ambos hemos otorgado. La compensación emocional es muy grande y el alivio y la tranquilidad todavía más. Esta criatura de ficción nació con un destino muy especial y por eso sigue aquí.
Como desde el primer momento, siento un gran privilegio al poder ofrecer mi voz y mi cuerpo a esta joya de la literatura. Este ente del mundo imaginario podría cambiar el mundo real porque hace del hambre y la necesidad un arte, la convierte en sabiduría. Frente al dolor tenemos dos opciones: la queja o el arte. Y con ironía, parte del estado del estúpido, camina por el aprendizaje y alcanza la sabiduría. El Lazarillo habla de la marginación, el hambre y la vivencia dura de la infancia. Los paralelismos entre el mundo del infante que acompaña al ciego y la situación de tantos niños del tercer mundo que mueren de hambre son obvias. La historia se repite una y otra vez.
Como casi siempre, esta situación es la consecuencia de un mundo desequilibrado en el que los bienes están descompensados. Y nace de la falta de conciencia ante el valor de la vida.
La obra afronta un problema universal: hoy también la apetencia actual se mueve alrededor de la ambición y el poder. Es como una metáfora que todo el mundo entiende, es un mundo, un pozo de vida y significados que te conducen. Nace en una época de enormes desequilibrios entre el mundo oficial de la Corte y el real, de hambre. Y antes al igual que ahora, no se puede ser feliz en un mundo desgraciado, porque las vidas maltratadas tienen que ver con la tuya. Al menos yo no puedo.
Por todo esto, porque
Fernán Gómez supo comprender el alma de este pícaro, porque me apasiona recitar sus andanzas por los escenarios; aquí está este maravilloso relato, primordial para mí, como lo es servir la necesidad del público a cada momento. Una necesidad que puede ser divertida, de esclarecimiento, de relajo, de un silencio o de un grito. A saber.
Rafael Álvarez, El Brujo
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